Despierto confundido y atemporal, bien pueden ser las seis de la mañana o las cuatro de la tarde. Veo el reloj y como siempre no hay tiempo para preparar mis cosas tranquilamente porque ya apagué el despertador previamente y ahora, como todos los días, ya es tarde.
Cuando salgo con la mochila en un brazo luchando contra la bata que no se deja capturar y el desayuno en la otra mano me doy cuenta que no hay tiempo para detenerme y arreglar la batalla entre miembros y accesorios.
No hay tiempo para sentarse en el hospital: entrega, clases, señoras grandes y brillantes en su vientre con un ser humano que se encuentra a punto de sufrir la peor experiencia que haya podido imaginar, también papelería y disfrazarse con zapatos y gorros de papel ocupan las migajas de día que se llaman mañana.
Llego a mi casa (si hay suerte) y no hay tiempo de leer historias, de imaginarlas o mucho menos de escribirlas. Mis manos no reciben estímulo desde una azotea vacía y agotada. Las noches que estoy guardado entre muros asépticos son distorcionadas con minutos de la talla de gigantes y días con el volumen de unos segundos. La vida en la oscuridad alterada de agripnia pasa con un bajón medio consciente y triste.
Las películas comienzan a formar una leve capa de polvo y ceniza, el teclado y el Blogger de casa también forman óxido, porque al menos por este año, no hay tiempo.
6 de septiembre de 2009
No hay tiempo
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