30 de junio de 2009

Neofilia

No sé qué impulso puede llevar a alguien a meterse un "diamante" a la nariz. No me viene a la cabeza una buena idea para justificarlo. Tal vez porque soy quince años muy viejo para comprenderlo. Pero puedo decir que estoy familiarizado con la sensación.

Sé que ser padre puede ser una tarea muy cruel. Nadie nos prepara y somos bastante malos al hacerlo, incluso los mejores en el trabajo tienen sus errores. Sobre todo cuando tratamos el tema de las partes del cuerpo. No es tan fácil como darle un instructivo al crío para la función específica de cada sección anatómica. Nadie nos dice "no puedes brincar de diez escalones y salir ileso" o "no comas todo lo que huele rico", tampoco nos advierten "tu cabeza no es indestructible, tienes que dejar de golpearla contra todo lo que te encuentres" o mucho más importante: "por favor no metas objetos aleatorios a tus orificios corporales, especialmente no en la cara".

¿Qué podemos hacer? No podemos evitarlo. Somos pequeños, somos curiosos y sobre todo somos muy estúpidos cuando nos encontramos en la infancia. Aunque algunos mantenemos esas tres características toda la vida.

Hace rato en la sala de urgencias pediátricas llegó una madre que, por lo visto, ya está acostumbrada a tratar con las acciones poco ortodoxas de su hijo. Incluso presentaba una apacibilidad característica de las madres que conocen bien las salas de urgencias. Acompañada de sus dos hijos, que podrías jurar que alguno de los dos es adoptado, totalmente polarizados. Uno era pequeño, peinado poco organizado y con los brazos ocupados por un peluche de George el curioso (bastante ajustado a su personalidad). El otro niño alto, peinado con raya a un costado, vestimenta perfecta, pose recta y pasos ligeros y rítmicos.

Supe quién era el culpable de la visita al "hospitalito" sólo con ver la cara de "soy un niño, hice algo malo...¿y qué?". Tuve que reducir la carcajada que tocaba mi hombro para distraerme, cuando la madre nos señaló que el pequeño que apretujaba a George se había metido un "diamante" por su orificio nasal derecho. Tal vez se creía minero, quizá imaginaba ser pirata para luego encontrar el tesoro perdido o en alguna probabilidad, como yo, quiso hacer un truco de magia. La solución fue simple, tracción del cuerpo extraño con una lanceta, un poco de sangrado, otro poco de llanto e historia finalizada...si no fuera porque esa cara, esa mirada exacta, esas expresiones de culpabilidad e inocencia habían sido manifestadas por mi cara hace unos años.

No es secreto que el miembro más querido de mi familia para mí es mi hermana. Pasábamos mucho tiempo juntos y la diferencia de edad no es demasiada (aunque ebrio parezca diferente la temporalidad). Uno de los tantos días que no teníamos cosa alguna que hacer o que estábamos evitando hacerla, nos encontrábamos sentados en el comedor, después de alimentarnos y prestando poca atención a la televisión. Por alguna razón pensé que sería buena idea enseñarle un truco de magia. No sé por qué, en serio, nunca ha sido ese mi fuerte (la prestidigitación se me dificulta tanto como bailar).

Tomé una servilleta y la convertí en dos bolitas. Las aproximé en tamaño y una la inserté en mi conducto auditivo externo izquierdo. El otro pedazo debía ser el distractor para que Zaci viera que pasaba de un lado a otro. A esa edad es fácil engañar a alguien tan inocente, así que pensé que sería divertido y rápido. El truco iba a la mitad perfectamente. Empezaron los problemas cuando me di cuenta que no se podía completar el truco porque había ido demasiado profundo.

Le evité preocupaciones a mi hermana. Le dije que no había problema, cuando me bañara lo sacaría a presión. La idea era correcta, se pueden hacer lavados para remover cerumen del conducto y otras sustancias. Los materiales no eran adecuados, al parecer la técnica involucra una jeringa y agua tibia, no una regadera y poner la cabeza de lado. Pretendí ignorar el problema, al fin y al cabo a todos nos funciona. Pero suele ser molesto no oír las amenazas provenientes del lado izquierdo del mundo, así que después de mucho llanto y dolor tuve que confesarles a mis padres que, en efecto, como aquel pequeño chimpancé que sostenía un niño de peluche llamado George, la había cagado.

La solución resultó ser incluso menos dolorosa y con menos tinte rojo. Pero hoy, aquel pequeño simio me recordó que aunque la curiosidad mató al gato, a los primates nos ayuda a construir maravillas (si no nos quedamos sordos o sin nariz en el intento).

Stumble Upon Toolbar

1 Click AQUI para opinar:

  1. Ahhhhh ya estraño los escritos raros de este blog!!!!

    No sabía que te habías metido cosas tan profundo... de verdad eres un buen hermano ^^

    ResponderSuprimir

Qué opinas?

 
Creative Commons License
Telarañas Bipolares by Itzamna Angeles is licensed under a Creative Commons Attribution-Non-Commercial 2.5 Mexico License.