-¿Cómo?¿Construiste un molino para darle electricidad a tu familia? -pregunto algo confundido y con mucha, mucha lentitud. No es que lo quiera tratar como estúpido, sería irónico, pero no lleva más que dos meses aprendiendo español y sigue sin gran diversidad en el idioma.
-Sí.
-¿Dónde aprendiste a hacer un molino? -pregunto bastante asombrado.
-En la capital, compré un libro de molino. Le dije al siñor que me diera para construir un molino, que yo necesito hacer uno a mi familia para que a mi familia no le falte la luz.
Le pido que nos sentemos. Es un hombre muy valiente (a pesar de tener sólo diecisiete años); no terminó la primaria pero parece saber mucho más que alguien con educación media superior. Le pedí que se quedara a dormir en el departamento para que no gaste en hospedaje. Preparo café para ambos y me acomodo en una de las incómodas sillas de la sala. Parece que voy a tardar en procesar la información y además, pocas veces conozco a alguien que parece crear infraestructura desde cero. Mi boca sigue abierta desde hace más de diez minutos, mientras Atl balbucea lentamente palabras en español.
Lo conocí hace unos días en el autobús camino a Ciudad de México. Como siempre, subí al final para no hacer filas y al llegar vi a mi compañero. Un niño (edad aparente) que intentaba mantenerse bien peinado compulsivamente y con la camisa abrochada hasta el último botón, muy perfumado aunque olía más a alcohol que a aroma. Me senté junto a mi compañero desechable y abroché mi cinturón. Llevaba en el morral el número de junio de la National Geographic, lo saqué y comencé a leerlo.
Muy emocionado (y ansioso de presumirle a alguien su español) me preguntó si eso pasaba en todo el mundo. No sabía a qué se refería (supuse que era el artículo de enfermedades zoonóticas porque es la imagen de portada), así que le arrojé un "sí" bastante desinteresado. Después de algunos minutos de mantener pegada la cara en la ventana viendo desvanecerse la ciudad interrumpe mi lectura con las palabras más inocentes que hasta hoy he escuchado de él: "pensé que la comida sólo faltaba allá de donde vengo". Comprendí rápido que era del artículo de escasez alimentaria que quería hablar.
Me explica poco a poco que en su pueblo no hay electricidad; su cultivo es pobre y no hay agua potable. Un ingeniero agrónomo, que ayudó por muchos años en el ejido de donde viene Atl, en Oaxaca, le dijo que necesitaba energía eléctrica para que la gente dejara de morir de hambre y de las diarreas tan comunes que les provocaba el agua sucia de los pozos.
Ahora se encontraba en la ciudad más grande del país, sin haber salido del estado en el que nació, enfrentándose a lo que pudiera pasarle sin preocupaciones, sin miedos. Al fin está lo suficientemente fría la taza como para beber de ella sin consecuencias dolorosas. Tomo otro sorbo y seguimos charlando.
-¿Tu familia te mandó? -interrogo pensando que es un encargo de la familia o algo que pudiera ser una carga para él.
-No, ellos no quieren que saliera. Me dicen "está muy peligroso allá, en la ciuda', no queremos que te lastimen" -arremeda sarcásticamente a su hermana mayor- Pero yo sé lo que hago. No hay miedo. En casa moriría de aburrimiento y de hambre. Si yo trabajo, nadie se aburre ni se enferma.
Continuamos toda la noche aprendiendo uno del otro, tal vez más yo de él. Algo parecido a sonidos de aves nos anuncia la amenaza inminente del sol que atraviesa la ventana. Yo no tenía nada que hacer, pero él se fue a dormir para conseguir las piezas mecánicas que vino a buscar. Me quedé con una taza llena de un par de gotas de café y las ilusiones de un niño, perdón hombre, lleno de ganas de progreso.
No he vuelto a verlo. Han pasado algunos meses desde que me habló del primer teléfono del pueblo y me dijo que su hermana menor murió. Todo el pueblo trabaja ahora con energía eólica. Me dijo que el gobierno del estado les está dando problemas por los impuestos, que ya mandaron a la policía estatal y a la federal, dice que hasta ese día han logrado zafarse platicando, pero le preocupa que su familia tenga problemas. También me dice con un español cada vez más comprensible (a pesar de la mala línea de teléfono) que ya no ha muerto nadie de cólera ni de hambre. Dice que en unas semanas viene al DF, espero verlo, espero que siga bien.
4 de junio de 2009
Algunos soñadores
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Si esta muy lejos donde vive yo pongo la nave
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