Me gustan los semáforos. Son un bonito símbolo. Están siempre ahí. Son soldados inamovibles y guardianes del orden. En especial me agradan los que no son tan altos, tal vez me identifico más con ellos por lo mismo, o porque se pueden ver incluso cuando el auto queda muy pegado. Son sencillos para explicar, concisos y son lo más cercano a un acuerdo mutuo, entre desconocidos incluso; y muchas veces sin un policía cuidando que se respete. Es bastante común ver sociópatas que cruzan apresurados sin respetar su tiempo; pero siempre los habrá, por eso son patológicos y siempre ha habido enfermedad.
Aunque no parezca, me siento cómodo con el orden. Algunos me consideran un anarquista, comunista o algo con connotación del tipo. Es cierto que vivo en el caos, sólo quiero aclarar que es un caos personal y no me gustaría que eso le pasara a la sociedad. De hecho no me gustan las revoluciones. Soy de todo, menos un pro-revolucionario. Me estresan las revueltas, guerras civiles, resistencias, masacres y todo lo demás y no sabría como actuar en una, fuera de mi actitud hermitaña.
Soy un partícipe del orden por una sola razón: las revoluciones sí generan cambio (que siempre es para beneficio de unos y para otros no tanto), pero antes que nada generan un estado caótico total.
Las revoluciones son como el truco de magia de jalar el mantel sin que se muevan las cosas encima, pero lento, mal hecho y que termina con el vino encima de la gente y la comida en sus caras. El (mago) revolucionario pretende cambiar la realidad de algo (quitar el mantel), piensa que va a ser rápido e indoloro, pero no se da cuenta que el mantel no es un fenómeno independiente, que está sujetando otras cosas y si lo quita termina con manchas rojas y carne bien cocida por todo el campo de batalla. Después se puede limpiar y ya no habrá mantel, pero no era realmente lo que se tenía en mente.
Después de poner la analogía, quiero pasar a un ejemplo de una revolución real, la imprenta. La imprenta fue un cambio drástico para el desarrollo político, social y religioso de la época. Tuvo cuatro consecuencias que considero importantes, buenas y malas dependiendo del bando. En resumen, bueno para la reforma protestante, malo para el poder político de la iglesia católica, bueno para la libertad de expresión, malo para la chamba de los escribas. Pero primero fue el caos. El aumento en la expresión de ideas trajo consigo ataques de todo tipo y mayor información del público, así como más propaganda, lo que ocasionaba conflictos familiares, laborales, etc. En específico, como ya decía, hubo desorden con los escribas, porque poco a poco se fueron quedando sin trabajo y es lo que pasa cuando una tecnología es la causa de la revolución. La tecnología sustituye la fuerza bruta y la gente que llevaba a cabo la tarea es desempleada y por lo tanto hay escasez de bienes, lo que lleva a crimen y vuelvo a repetirlo: caos.
Por eso, en vez de revoluciones, prefiero los cambios pequeños, sutiles e importantes. Creo firmemente en transformaciones específicas en la educación. Apoyo las mutaciones entremezcladas en un mar de factores y la esperanza de una mejora continua...en todo. No puedes fortalecer a los débiles debilitando a los fuertes.
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Prosperidad, Abraham Lincoln.



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